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Aflojó su camisa de lino, se la quitó y fue hasta el lavabo que había en su dormitorio donde, no teniendo otra cosa que hacer, se afeitó y lavó de su cuerpo el sudor del día. Se enjuagó la boca para quitarse el gusto amargo y se puso unos calzones cortos antes de salir al pequeño porche para aprovechar el fresco de la noche. Aunque ligeramente mareado, como si todavía persistieran en él algunos de los efectos del ron, tenía una sensación de bienestar y la mente despejada.
La luna estaba baja, como rozando las copas de los árboles. Donde atravesaba el denso follaje, iluminaba la fresca, pero extrañamente tensa noche, con un resplandor fantasmagóricamente gris. Ruark sintió en su interior un impulso que lo inquietó. La noche parecía llamarlo, las sombras invitarlo. Salió del porche y sintió la humedad del rocío en sus pies desnudos. Atravesó el cerco de arbustos y caminó entre los altos árboles. La mansión lo atraía. Su gran masa oscura recortabas debajo de los árboles más delgados. Ahora todas las luces estaban apagadas y él supo que los habitantes habían regresado y que estaban acostados.
Un bulto familiar apareció junto a él y Ruark tendió una mano para palpar el tronco y logró identificar el árbol que crecía delante del balcón de Sha
Sha
El rostro de Ruark volvió con proporciones gigantescas flotando sobre ella. Se acercó más pero ella no pudo tocarlo. Parpadeó, movió la cabeza tratando de borrar esa visión. Súbitamente sintió que estaba despierta y que él estaba allí. Tenía los brazos apoyados a cada lado de ella, sus labios se movían y su voz le decía, suavemente, como un niño que implorara un favor:
– Sha
Con un pequeño grito de bienvenida ella levantó los brazos y lo atrajo hacia ella. Se arqueó contra él, abrió los muslos y sintió que él la penetraba mientras su cuerpo tembloroso se entregaba sin reservas. Los dos eran uno, perteneciéndose y poseyéndose, dando y tomando.
Una vez saciados quedaron abrazados, Sha
En la quieta y profunda oscuridad que precede al amanecer, Sha
– Aguarda, encenderé una vela -murmuró ella semidormida. – Pensé que dormías -susurró él, besándola en la boca.
– Así era hasta que te moviste -repuso ella suavemente-. El amanecer llega tan pronto…
– Sí, amor mío. Demasiado pronto.
Ella era como una frágil avecilla apoyada contra él y Ruark casi temía moverse para que no huyera volando. Los suaves y delicados pezones le transmitían su calor, y sabiendo que pronto tenía que marcharse, Ruark se sintió atormentado.
Sha
– Eres una hechicera, una hermosa y dulce hechicera.
– ¿Una hechicera? Vaya, tomas lo mejor que tengo para ofrecer y después me insultas. ¿Es así como guardas tus monedas, desahogando tu virilidad en inicuos burdeles y después protestando por que te han estafado?
Lo mordió suavemente en la oreja y levantó un puño amenazador.
– Por favor, señora, tenga piedad -dijo Ruark, con fingido terror-. Esta noche he sido maltratado.
– ¡Maltratado! -exclamó Sha
Una extraña nota de sinceridad en las bromas de Sha
– ¿Una simple mirada? ¿Milly puede jactarse de una cosa semejante? ¿Esa criatura sosa capaz de tentar al dragón Ruark? ¡Ja! He visto cosas mejores en mi vida.
Ruark se relajó sobre la cama y cruzó los brazos debajo de su cabeza.
– Eres una hechicera atrevida, Sha
La abrazó, la atrajo hacia sí y, una vez más, el tiempo cesó de existir, aunque en el horizonte el cielo empezaba a aclararse.
Tarareando una alegre tonada, Sha
– Parece que no ha sufrido ningún daño en su cacería de brujas, señor Ruark -dijo Sha
El sonrió lentamente, le tomó una mano y fingió estudiar sus uñas largas y cuidadas mientras Sha
– No, no se ve nada, mi lady. Solo se desprendió un pequeño trozo de piel cuando ella me arañó.
Sha
– Está diciendo tonterías, señor. Yo nada recuerdo…
– ¿Te digo lo que susurrabas en la oscuridad? -la interrumpió Ruark, hablando en voz baja e inclinándose ligeramente hacia ella.
– yo nada dije -empezó Sha
– En sueños, suspirabas y decías "Ruark… Ruark…,
Sha
– Vamos, Ruark, creo que oigo a papá bajando la escalera. Y el señor Ralston estará aquí en cualquier momento. No tendrás que esperar mucho.
Sha
Sir Gaylord era de levantarse tarde. La conversación en la mesa del desayuno fue prolongada y bien salpicada de comentarios y diversas opiniones sobre el aserradero, pero él no se presentó hasta mucho después que Ruark y el hacendado hubieron partido para inspeccionar los trabajos del aserradero. De modo que sucedió que el señor Ralston, después de ser fríamente saludado por Sha
– Yo diría que hace un día espléndido -comentó Gaylord, tomando una pizca de rapé. Estornudó en su pañuelo de encaje-. Quizá invite a la viuda Beauchamp a dar un. paseo. Sin duda ella estará ansiosa de la compañía de un caballero después dé estos meses de viudez. Una mujer tan joven y hermosa. Estoy prendado de ese dulce rostro.
Ralston cerró sus libros de contabilidad y estudió al hombre. En sus ojos oscuros apareció un brillo calculador.
– Yo sugeriría un poco de cautela en ese asunto, señor. Conozco a la señora Beauchamp desde hace años y ella parece sentir una aversión natural hacia la mayoría de los hombres que la cortejan. Puedo decirle muchas cosas de ella, aunque me considero entre aquellos a quienes ella detesta.