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Cuando el capitán se acercó caminando por la cubierta Sha
– ¿Señora Beauchamp? -Las palabras salieron de sus labios con un leve acento arrastrado.
Orlan Trahern se les acercó, apoyó ambas manos en el nudoso pomo de su bastón y los miró fijamente.
– Sí, capitán -dijo Trahern-, yo pensaba presentarle a mi hija, Sha
Las palabras fueron lentas y deliberadas y él aguardó que todo el peso de ese apellido cayera sobre su hija. Sha
– Sí, señora -dijo él con su voz profunda-. Tendremos que discutir esto largamente, antes que mi propia esposa me acuse de bribón.
– Más tarde, quizá, capitán -interrumpió Orlan Trahern-. Debo ponerme en Camino. Si nos disculpa, señor. ¿Y tú, Sha
Sha
– Capitán Beauchamp -dijo.
Sha
– Más tarde enviaré un carruaje por usted y sus hombres. Sin aguardar una respuesta, el hacendado abandonó el barco y se alejó llevando del brazo a su confundida hija. El capitán se acercó a la borda y contempló cómo se alejaba el birlocho y desaparecía detrás de un depósito.
Sha
– Jasón -dijo suavemente-. ¿Aún no ha llegado el señor Ruark? -No, señora. Envió una nota con un muchachito del trapiche diciendo que se ha presentado una dificultad y que tendrá que permanecer allí.
"¡El maldito pícaro!", pensó Sha
El pánico casi la hizo huir a sus habitaciones como una cobarde, pero finalmente logró dominar los corrosivos sentimientos que casi le hacen perder su compostura.
Sha
– ¡Señora Beauchamp! -dijo-. ¡Qué hermosa… -sus ojos descendieron hacia las curvas de los pechos, tartamudeó, enrojeció y una vez más se recobró-…ah, qué hermosa casa que tiene usted!
La conversación en el salón cesó y Sha
– Señor, me interesa saber cómo es que tenemos el mismo apellido. ¿Quizá tiene usted parientes en Inglaterra?
Nathanial Beauchamp sonrió y la miró con sus ojos castaños llenos de humor.
– Señora, yo adquirí ese apellido honradamente pues me lo dieron mis padres. Lo que realmente tendremos que discutir es cómo lo adquirió usted. Por supuesto, todos los Beauchamp somos parientes en una u otra forma. Aunque hemos tenido nuestros pícaros, piratas y salteadores, el nombre parece prolongarse con sorprendente regularidad.
– Perdóneme, señor -dijo Sha
– Lo que a usted más le plazca, señora -sonrió Nathanial-. Pero sea bienvenida a la familia.
Sha
La cena transcurrió en relativa calma pues el capitán Beauchamp y sus oficiales conversaron con Trahern acerca de las posibilidades comerciales entre Los Camellos y las colonias. Ralston no estaba a favor de ese intercambio y habló con atrevimiento.
– ¿Qué se puede obtener allí, señor, que no pueda obtenerse en Inglaterra y Europa? La corona no estaría muy complacida si usted extendiera sus negocios a otras partes.
El sobrecargo del Sea Hawk replicó:
– Nosotros_ pagamos buenos impuestos a la corona pero conservamos nuestro derecho de comerciar donde mejor nos convenga. Mientras se paguen los impuestos, ¿quien podría quejarse?
Ralston hizo un gesto despectivo pero su tono fue cuidadosamente cortés cuando se dirigió a Trahern.
– Seguramente, señor, usted no puede esperar obtener mucha ganancia comerciando con colonias atrasadas.
Edward Bailey, el primer oficial, se inclinó hacia adelante. Era un hombre bajo, apenas más alto que Sha
– Es evidente que usted no ha pasado por las colonias en sus viajes, señor Ralston, pues ignora las riquezas que allí pueden obtenerse. En las regiones del norte se producen lanas y otras mercaderías que pueden rivalizar con las mejores de Inglaterra. Fabricamos un rifle largo con el que se puede acertar en el ojo de una ardilla a cien pasos de distancia. En las costas del sur hay cordelerías y aserradero s que producen cuerdas, tablas y vigas de calidad. El barco en que navegamos fue construido en Boston, y de ningún otro lugar han salido barcos semejantes.
Trahern empujó su silla hacia atrás.
– Sus palabras me fascinan, señor. Tendré que ir a ver todo eso. Con esa señal que indicaba el final de la cena, el joven oficial se apresuró a ponerse detrás de la silla de Sha
La velada se acercaba a su fin y Sha
Vestida con un camisón y una bata de seda y ahora sin la compañía de Hergus, Sha
¿Sha
Por fin con un grito ahogado de frustración, Sha
La noche era apacible, tibia, con una suave cualidad conocida solamente en las islas del Caribe. Muy alta, arriba de los árboles, la luna flirteaba con nubes blancas y onduladas y las besaba hasta que resplandecían con su luz plateada para después ocultar su rostro detrás de ellas. Sha