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Trahern permaneció en silencio cuando el birlocho se detuvo y Sha
– ¡Maldición, muchacha!
Sha
– ¿Tan poco cuidas, a tus hombres? -rugió él ¡Por lo menos me hubiera gustado ver al joven!-En tono ligeramente más bajo pregunto; ¿No hubieras podido mantenerlo vivo! hasta quedar encinta?
Respetuosa de su padre, Sha
Como puede estarlo una mujer, de' que no llevaba en su seno la simiente de Ruark.
– Bah! -gruñó Trahern, pasó junto a ella pisando Fuerte y dejó que la puerta golpeara. a sus espaldas, sin molestarse en recoger su bastón.
Sha
Ahora, como mujer, Sha
Largos corredores partían desde el vestíbulo en sentidos opuestos, hacia las alas.
A la izquierda estaban las grandes habitaciones de su padre, incluidos el estudio y la biblioteca donde trabajaba, un salón de estar, su dormitorio y una habitación donde se bañaba y vestía con la ayuda de un criado.
Las habitaciones de Sha
Los recuerdos se borraron cuando su padre se volvió y la miró con severidad. Gritó con. tanta fuerza que la araña de cristales tembló.
– ¡Berta!
La respuesta fue inmediata:
– ¡Sí! ¡Sí! ¡Voy!
Los pasos ligeros del ama de llaves sonaron rápidamente en la escalera hasta que ella apareció, sin aliento y con las mejillas encendidas. La mujer, holandesa, apenas le llegaba a Sha
Berta se detuvo a un paso de Sha
– Ah, mi pobre criatura. ¿Por fin has venido para quedarte? -Sin aguardar respuesta, Berta continuó hablando precipitadamente-: Sí, ese tonto de Trahern envió lejos a su propia hija. Es como para cortarle esa nariz que tiene en la cara. Y dejó que ese bobalicón de Pitney cuidara de una muchachita. ¡Ese buey enorme, bah!
Trahern se puso aún más furioso al oírla y gritó llamando a Milán para que le trajera ron y bitter pues sentía necesidad de libar copiosamente. Berta chasqueó la lengua y sus ojos azules bailaron de alegría cuando volvió a mirar a la joven.
– Déjame mirarte. Sí, apostaría un guilder a que los, has enloquecido a todos. Estás hermosa, querida, y te eché mucho de menos.
– ¡Oh, Berta! -exclamó Sha
Jasón, el portero, llegó desde la trasera y a la vista de Sha
– ¡Vaya, la señorita Sha
Un sonoro carraspeo indicó que Trahern todavía estaba donde podía oírlos, pero Sha
La necesidad de depósitos cerrados no era crítica en este clima benigno y las construcciones que rodeaban el área del muelle eran en su mayor parte solamente techos sostenidos por columnas de madera. Debajo de uno de esos cobertizos, John Ruark y sus compañeros aguardaban sentados en cuclillas. Sus barbas habían sido afeitadas y sus melenas cortadas bien cortas. Después de entregarles un fuerte jabón de lejía fueron llevados al castillo de proa y bañados con las mangas de las bombas del barco. Algunos de los hombres gritaron cuando el fuerte jabón tocó las heridas que tenían, pero Ruark disfrutó del baño. Había pasado casi un mes entero tendido en su cubículo con sólo ejercicios ocasionales en la cubierta para estirar los músculos acalambrados. La comida durante el viaje había sido abundante, pero empezó a resultar desesperante cuando pareció que en el mundo no quedaba para comer otra cosa que carne salada, frijoles y galletas acompañadas, de agua maloliente.
John Ruark sonrió lentamente y se pasó la mano por la nuca para familiarizarse con su corto cabello negro. Estaba vestido como los demás, con pantalones nuevos de dril, y calzado con sandalias. Las ropas eran todas de una misma medida y uniformemente grandes para él y sus ocho compañeros. Junto con los artículos provistos había un ancho sombrero de paja; una camisa blanca suelta y un pequeño saco de lona. Este último permaneció vacío hasta que llevaron al grupo a la tienda de Trahern donde les dieron un tazón y una brocha para afeitarse, un cortaplumas con mango de madera, dos mudas más de ropa y varias toallas, junto con una cantidad del fuerte jabón y una admonición para que lo usaran con frecuencia.
Cuando cesó la leve brisa el calor se hizo intenso bajo el techo del cobertizo. Un solo supervisor los vigi1aba y hubiera sido muy fácil escapar. Pero John Ruark pensó que hubiese sido necesario muy poco esfuerzo para capturadlos, porque tarde o temprano un hombre habría tenido que salir de la jungla y no había otro lugar adonde ir.
Observó atentamente todo cuanto lo rodeaba mientras tironeaba distraídamente de la floja rodillera de sus pantalones de lona. Esperaban al hacendado Trahern; les habían informado que él tenía la costumbre de inspeccionar y dirigidas la palabra a todos los recién llegados. Ruark estaba ansioso de conocer al famoso "lord" Trahern pero aguardaba pacientemente con los demás, manteniéndose cuidadosamente en el último lugar de la fila. Todavía estaba vivo y en el único lugar en el mundo donde quería estar, es decir, en el mismo lugar donde se encontraba Sha
Rió para sí mismo. Ella se había ganado el apellido mientras que él, por la misma serie de acontecimientos, lo había perdido; yeso era otro asunto que tendría que arreglar.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el arribo del birlocho abierto que se había llevado a Sha
a quien Ruark viera horas antes saludando a Sha