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Golpeó la espesa alfombra con su zapato y sonrió, con un brillo calculador en los ojos.

– Y si el señor Ralston desea enfrentar a mi padre cuando yo lo haga, tendrá que, darse prisa con sus negocios. Ello le dejará muy poco tiempo para averiguar la verdad acerca de mi casamiento. ¡Dios nos asista a todos si llega a descubrirlo!

Cuando Pitney se marchó y los sirvientes continuaron desempeñando silenciosamente sus tareas, Sha

Su mente le hacía jugarretas. Se imaginaba a sí misma golpeada, insultada, encadenada, indefensa, condenada, desesperada, traicionada.

Un pequeño grito escapó de sus labios y en un momento fugaz sintió el amargo sabor de la furia que ahora debía llenar a Ruark. Irritada, desechó esos morbosos pensamientos y no permitió que su mente volviera a ellos a fin de evitarse desagradables remordimientos.

El sol entraba a raudales por las ventanas. El día era despejado, fresco, desusado para Londres en esta época del año con un cielo profundamente azul. Una refrescante brisa marina se había levantado con el sol y barrido las nubes bajas y el humo, dejando el aire limpio y con un leve dejo salino. Sin embargo, Sha

Sha

Sha

– ¡Señora Beauchamp!

"¿Señora? ¿Señora Beauchamp?"

Lentamente, se percató de que estaba siendo llamada por una voz fuera de sus pensamientos. Alzó la mirada y vio a su doncella que estaba en el vano de la puerta sosteniendo varias prendas de ropa, en su mayor parte prendas de abrigo para el tiempo frío.

– ¿Hergus?

– Me preguntaba, señora, si querrá que empaque estas cosas para el viaje a casa. Aquí parece haber suficiente, ¿o prefiere dejadas para la próxima vez?

– ¡No! Si tengo algo que decir al respecto, no regresaré en mucho tiempo. Ponlas en uno de los baúles más grandes.

La criada escocesa asintió con la cabeza, hizo una pausa y dirigió a Sha

Hergus habíase mostrado desusadamente afligida por ella desde el difícil momento cuando Sha

– Estoy bien, Hergus -dijo Sha

– Ajá, y tratará de consolarse junto a su padre.

Cuando las pisadas de la sirvienta se alejaron por el corredor Sha

Con un,gemido de frustración, Sha

Se inclinó con intención, de tomar el pergamino y hacerlo pedazos pero sus ojos vieron la obra que habían hecho sus manos mientras sus pensamientos flotaban á la deriva, el rostro entre adornos y trazos, ¡el boceto de Ruark Beauchamp! Los labios, bellos y sensuales aunque un poco severos, le sonreían burlones y divertidos mientras que los ojos… No, los ojos no estaban muy bien y ella dudó de que aun un gran maestro de pintura pudiera dibujados con una pluma.

Irritada consigo misma, se rebeló contra el dominio que ejercía sobre su mente el recuerdo de él, y murmuró, con vehemencia:

– ¡El grosero desvergonzado! El sólo lamentó que yo no le diera la posibilidad de escapar. Esa era su verdadera intención, quedarse a solas conmigo y después escapar. -Arrojó el trozo de pergamino-. Eso era lo que él quería y yo no me atormentaré por lo que hice.

Casi aliviada, Sha

– ¡No volveré a pensar en él! -decidió firmemente.

Empero, cuando se acercó a la ventana, en los rincones más íntimos de sus pensamientos, atrincherada contra los ataques, la vaga amenaza de unos ojos de color ámbar la privaron de su victoria.

El encuentro de Sha

Sha

– ¡Ah, allí está! -dijo ansiosamente- y tomó la diminuta caja.

Ralston estaba dando órdenes a los sirvientes que bajaban sus maletas del carruaje, de modo que ella tenía tiempo suficiente. Como lo había visto hacer a menudo a Pitney, Sha

– ¡Dios- mío! -exclamó. Era como si estuvieran metiéndole un hierro ardiente por la garganta. Estornudó, estornudó y volvió a estornudar..

Así fue, tal como ella lo quiso, que cuando James Ralston entró en el salón, Sha

– ¿Señora? -Ralston se acercó un paso, sus delgadas facciones tensas mientras él trataba de controlar su ira, la mano apretando el mango de su fusta.

Sha

La respuesta de él la interrumpió.

– Me apresuré a fin de no encontrar las cosas empeoradas…

– Oh, si hubiera venido usted antes… -lloriqueó Sha

– Señora -el tono era cortante, seco- me dirigí al Marguerite, escoltando algunas de las preciosas mercaderías que rescatamos del navío encallado y allí me esperaban sorprendentes noticias. Usted ha pedido al capitán Duprey que la reciba a bordo para regresar a casa y en el curso de los acontecimientos he comprobado que usted se ha casado y enviudado. ¿Es esto correcto o he sido engañado por ese francés descarriado?

Sha

– Todo es verdad -dijo.

– Señora…

– Señora Beauchamp. La señora de Ruark Deverell Beauchamp -declaró Sha

Ralston se aclaró nerviosamente la garganta.

– Señora Beauchamp -dijo-¿debo entender que en el breve tiempo de una semana usted ha podido escoger un marido después de todo un año durante el cual ningún hombre le resultó soportable?

– ¿Considera ese hecho imposible, señor Ralston? -Le era difícil ocultar su irritación.

– Señora, tratándose de cualquier otra mujer yo no dudaría de la posibilidad de ese hecho.

– ¿Y conmigo, señor Ralston? -Sha

– No, señora -respondió él cuidadosamente, aunque recordó la gran cantidad de caballeros que él mismo le había presentado para que ella los considerara, esperando que uno de ellos pudiera desposada y que después compartiera con él un porcentaje de la dote de Sha

– Así es -replicó ella finalmente-. De otro modo hubiera podido traicionarme a mí misma eligiendo alguien que me fuera menos querido que mi amado Ruark. Es irónico que lo que fue encontrado tan,tarde se perdiera tan pronto. No deseo detenerme en los detalles de su muerte, porque me fue arrebatado rápidamente. Un desliz del carruaje y perdí a mi amado Ruark.