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CAPITULO VEINTICUATRO
Los preparativos para el viaje se hicieron frenéticos cuando el Hampstead y el Tempestad empezaron a cargar provisiones y mercaderías para comerciar. Attila y la yegua también irían y bajo la dirección de Ruark se prepararon establos debidamente acolchados para proteger a los animales.
Hergus entraba y salía de las habitaciones de Sha
– Guardar las ropas de invierno -se quejó la mujer sin aliento-, sacar las ropas de invierno. Es algo de nunca acabar:
Por fin llegó el momento y los barcos fueron sacados de la, bahía. En medio de gritos de despedida, los pasajeros subieron en los botes de remo que los llevaron para pasar la primera noche a bordo, mientras aguardaban las brisas del amanecer.
Y llegó el alba. Se levaron las anclas cuando se hincharon las primeras velas, y pronto estuvieron en camino. Cuando el Hampstead salió de la caleta, desde la isla hicieron un disparo de cañón. El Hampstead respondió el saludo con su cañón de popa, y momentos después lo siguió el Tempestad .
Los Camellos era apenas una mancha sobre el horizonte cuando Sha
Momentos después, paseando por la cubierta principal, tampoco vio señales de Ruark y se sintió muy molesta porque no podía bajar ha buscarlo. Sentíase abandonada porque él no se había hecho tiempo para acompañarla aunque fuera unos momentos. Entonces fue a apoyarse en la batayola del alcázar, desde donde podía ver todo el barco. Allí estaba cuando sintió una presencia a su lado, y se volvió llena de esperanzas. Pero sólo se trataba de Pitney, quien la miró con algo de compasión.
– Aún no he visto al señor Ruark -dijo Sha
Pitney señaló a la distancia. -A unas dos millas, diría yo.
Sha
– Ajá -dijo Pitney, respondiendo a la pregunta no formulada-. Fue idea de Ralston que él estuviera cerca de los caballos, pero Hergus y yo estuvimos de acuerdo. – Pitney ignoró la expresión indignada de Sha
Sha
A media tarde Sha
El día pasó y Sha
La mañana siguiente amaneció gris y fría. El Tempestad no fue avistado hasta mediodía. El cuarto día, una llovizna ligera mojó las cubiertas y sólo fue posible estar en ellas por corto tiempo, antes de que se hiciera sentir un frío que penetraba hasta los huesos. Poco antes del anochecer, se cambió de curso hacia el oeste.
Habían navegado hacia el norte para aprovechar los vientos del sudeste y pasar al este y al norte de las Bermudas. Ahora navegaban hacia el oeste para recalar al norte de la bahía de Chesapeake y navegar desde allí aprovechando los vientos prevalecientes del nordeste. La goleta se adelantaría y tocaría puerto un día antes que el Hampstead .
En los días siguientes Sha
Una vez que el Hampstead viró hacia el oeste, salió el sol y los vientos del oeste llevaron a Sha
Habían terminado la cena, y hasta sir Gaylord se había mostrado desusadamente gracioso. Sin embargo, ello no disminuyó la frialdad de los modales de Sha
– Últimamente se la ve muy malhumorada, señora Beauchamp Sha
– Usted está furiosa y alterada porque ha recibido un cruel golpe del destino -dijo él en tono burlón y cargado de sarcasmo.
– No fue el destino -replicó Sha
– Ah, veo que aún tiene voz -dijo Pitney, y rió suavemente-. Hergus y yo estábamos preguntándonos acerca de eso.
– No he tenido mucho que decirles a ninguno de ustedes dos respondió Sha
– Pobre muchacha -bromeó él-. Es triste que tenga que estar sola. -Pitney hizo una pausa, se frotó las manos y clavó la vista en el cielo que iba oscureciéndose-. Sha
Sha
"El hijo fue criado por tías y la madre no toleró que interviniera el padre, quien por venir de gentes sencillas, no entendía las costumbres de la familias refinadas, o por lo menos así le hicieron creer a la madre sus parientes. El padre cedió y dejó que la nodriza y los tutores criaran a su hijo.
"El padre se convirtió en un extraño en el hogar de su esposa y pronto su dormitorio fue instalado en otra ala, lejos del de su esposa. El la veía durante las comidas de la noche, pero sólo desde el otro lado de la mesa y rodeada de un rebaño de damas altaneras que lo miraban desdeñosas, como si él fuera un leproso.
"Una vez el muchacho escapó de la mansión y visitó el taller de su padre, donde los dos pasaron horas felices de camaradería antes de que el jovencito fuera sorprendido por sirvientes encabezados por la, tía dominante, que era la que llevaba las riendas de la casa. La mujer advirtió al padre que no se entrometiera más con el muchacho. El hombre quiso defender sus derechos, pero el magistrado local se impresionó con el poder de la familia de la esposa, y al pobre hombre le prohibieron entrar en la mansión y ver a su propio hijo.
"El muchacho huyó nuevamente durante una tormenta de invierno y caminó en medio de una nevada, descalzo, para estar con su padre. Pero lo atraparon y el padre fue encerrado en la cárcel por desobediencia. El muchacho, durante la escapada, se había enfriado demasiado y pronto enfermó con fiebres intensas. Murió en la mansión, llorando por su padre ausente.
"Como ya no tenía sentido dejado en la cárcel, el hombre fue dejado en libertad y empezó a vagar por las calles, borracho y con el corazón destrozado.
Regresó una vez a la mansión y rogó a su esposa que abandonara esa casa glacial de viudas y solteronas y se fuera con él. Ella prometió que así lo haría y lo recibió otra vez en su cama.
Pitney hizo una pausa y estuvo un largo momento mirando sus grandes manos.
– A la mañana siguiente, a ella la encontraron al pie de la escalera, muerta. Todas las damas dijeron que el marido la había empujado, y valiéndose de su riqueza., e influencia, lo hicieron encerrar en un calabozo. Pero con ayuda de amigos él escapó y se refugió en la casa de su hermana, en Londres. El cuñado, un mercader enriquecido por su propio talento, había obtenido la propiedad de una isla remota y pronto llevaría a su esposa y a su pequeña hijita a vivir allí. El hombre, condenado se cambió de nombre y partió con ellos a ese lugar, donde les ayudó a levantar su nuevo hogar y encontró uno para él.
Pitney levantó la mirada y la posó afectuosamente en la mujer que tenía a su lado. Ella lo miró desde atrás de sus lágrimas y le sonrió.
– He estado contigo desde que eras pequeñita, Sha
– Tío Pitney… -dijo Sha
– Te he visto maltratar la sensibilidad de muchos hombres, aunque la mayoría se lo merecían, pero éste con quien te has casado, este Ruark, ha sufrido como pocos han sufrido en este mundo. El es un hombre audaz, con una buena cabeza sobre sus hombros, fiel a lo que él considera justo. Que un hombre así sea reducido a la servidumbre es odioso, pero tú, mi orgullosa Sha