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– Ah, ni la mitad de lo que yo te amo -repuso Ruark junto al oído de ella-. Estoy a punto de hacer estallar mis calzones por el deseo que siento por ti, y tú me hablas de la devoción de otro hombre para con su esposa. ¿Tendré que morirme de hambre mientras contemplo tus pechos rosados, y fingir indiferencia ante esos frutos suculentos? Ansío saborear la manzana de tu amor y te devoraría entera.
– Calla -rió Sha
En la seguridad de que el bullicio cubriría sus palabras, Ruark continuó:
– Sí, estoy ebrio, pero sólo de este néctar que es más embriagante que el vino. Tengo fuego en mi sangre, un fuego que sólo tú puedes apagar. Ah, Sha
Un brindis por los recién casados los interrumpió y Sha
Fue casi un alivio cuando el grupo empezó a dispersarse y Ruark la devolvió junto a su padre. Trajeron el carruaje y Sha
Una vez en la mansión, Sha
– ¿Qué piensa hacer con eso? Creo que ya ha bebido bastante. He visto cómo flirteaba con ese siervo bajo las narices de su padre.
– Oh, basta -dijo Sha
– ¿Qué quiere decir con eso de que ya no está de luto? -preguntó Hergus-. Nunca supe que Milly le importara mucho. -La criada se encogió de hombros y comentó, para sí misma-: Sobre todo porque esa muchachita la envidiaba a usted. Si ese Abe Hawkins no se hubiera dedicado a la bebida, ella y su madre hubiesen podido tener mucho más. Pero él, en toda su vida no hizo un trabajo honrado.
– No es por Milly -dijo Sha
Hergus gruñó desdeñosamente.
– No ha estado casada el tiempo suficiente para considerarse una viuda. Lo menos que hubiera podido hacer el bueno del señor Beauchamp habría sido dejada encinta. En ese caso ahora usted no estaría flirteando con el señor Ruark.
Súbitamente, Sha
– Será mejor que se prepare para la cama -dijo la mujer-. Oí al señor Ruark subiendo la escalera. Venga, le cepillaré el cabello y después la dejaré sola.
– Momentos después, cuando se hubo marchado la criada, Sha
La brisa agitó las cortinas y en el silencio que reinaba en la casa oyó que Ruark se movía en su habitación. Casi como una sonámbula, fue hasta la ventana y salió, sin escuchar que la puerta de su saloncito se abría y cerraba y unos pasos se acercaban.
Su papá ha dicho que subirá en un momento… -Hergus parpadeó sorprendida al ver el dormitorio vacío-. ¡Oh, Dios mío! Otra vez ha ido a reunirse con él. ¡Y ahora vendrá el señor Trahern!
Desnudo hasta la cintura, Ruark se apoyó en el grueso poste de su cama y observó con ojos llameantes a Sha
– Mi capitán pirata Ruark… -dijo Sha
– Sha
Una leve exclamación hizo que él levantara los ojos. En la ventana por donde Sha
– Tenemos compañía -murmuró él y se apartó un paso. Cuando ella se volvió, él le volvió la espalda a la criada pues sus ceñidos calzones nada ocultaban de su erecta masculinidad.
– ¡Hergus! -exclamó Sha
La criada no supo qué decir. Una cosa era estar a solas con Sha
– Señor Ruark -gimió Hergus, en tono de gran preocupación-. ¡No hay tiempo que perder! El señor Trahern ha dicho que subiría a ver a su hija. Y si el señor llegara a encontrada aquí… ¡Oh, señor Ruark, sería terrible!
Ruark la miró y empezó a llenar su pipa.
– ¿Cuánto tiempo llevaba aquí escuchando?
– No he venido a espiar -dijo la mujer, enrojeciendo-. Sólo vine a avisarles que el señor Trahern viene, señor Ruark.
– Lo sé, Hergus.
– No diré una palabra de esto -añadió Hergus rápidamente-. No diré nada, señor. Creo que usted…
La mujer se detuvo y miró asombrada hacia la cama. Ruark se volvió y vio a su esposa acurrucada como una criatura sobre su cama, aparentemente dormida.
– Prepárele la cama.
Mientras la criada se marchaba, corriendo, Ruark se acercó y levantó suavemente a Sha
Ruark la llevó – rápidamente a su habitación y oyó pasos en el pasillo. No había alcanzado a dejar a Sha
– Se durmió como una vela que se apaga -dijo Hergus-. Estaba guardando la ropa.
– Muy bien -gruñó Trahern.
Siguió una larga pausa, hasta que el hacendado dijo:
– Hergus, ¿no ha notado últimamente un cambio en Sha
– Ah, n… no, señor. -La criada tartamudeó ligeramente-. Es que ella ha crecido mucho.
– Sí, eso es seguro -respondió Trahern en tono pensativo. Me gustaría que su madre estuviera aquí. Mi Georgiana siempre fue mejor que yo para tratar a la criatura. Sin embargo, en estos últimos meses he aprendido mucho. Quizás, entre nosotros dos podamos hacer que las cosas salgan lo mejor posible. Buenas noches.
Se cerró la puerta y Ruark se apoyó en la pared, aliviado. Hergus fue hasta la ventana, lo vio y se le acercó.
– Usted es un tonto, señor Ruark -dijo la mujer-. Y se está convirtiendo en un traidor. El señor Trahern confía en mí para que cuide de la muchacha y le advierto que yo no podré decir otra mentira.
– Dios mediante -repuso Ruark, en tono apesadumbrado-, no tendré que volver a pedírselo. Ciertamente, hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir, pero a veces parece que el tiempo para vivir es superado ampliamente por el otro. Tenga paciencia, Hergus. Sólo puedo jurarle que todo lo que hago y tengo intención de hacer es por el bien de Sha
Hergus bajó la vista y luchó para controlarse y no dar una respuesta violenta. Cuando levantó la mirada, vio que estaba sola.
Con la proximidad de la partida hacia las colonias, los preparativos se aceleraban, y el aserradero quedó listo para su primer cargamento de troncos. Ruark se encargó de las inspecciones finales, pocos días antes de que se iniciara el viaje. La gran rueda de agua fue revisada; estaba perfectamente equilibrada y giraba con la suave presión de una mano. La nueva sierra fue instalada y esperaba la primera partida de rollizos que llegaría por carros desde la planicie sur.
Ruark quedó satisfecho con la inspección. Era una obra para enorgullecerse. Despidió a los capataces y obreros que lo acompañaban y caminó siguiendo el canal hasta el estanque, observando las compuertas. Todo estaba preparado.
El áspero rebuzno de una mula arriba de la presa llamó la atención a Ruark. El carretero del primer carro había dejado su cargamento de troncos en el camino arriba del aserradero y venía a pie para asegurarse de dónde debía descargados.