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CAPITULOVEINTIUNO

Orlan Trahern tomó de prisa un desayuno ligero y rápidamente se levantó de la mesa, evitando así toda conversación con sir Gaylord. El caballero había tomado la costumbre de unirse con la familia para la comida de la mañana. En realidad, el hombre no era tan aburrido como parecía. Era solamente que la mención de dinero, finanzas, barcos, el mar, Inglaterra, guerra, paz, o las posibilidades de barcos, agua, comercio, naciones, viento o lluvia terminaba en una perorata de él sobre la prudencia de invertir en un pequeño astillero que podía proporcionar centenares de balandras y goletas por el precio de un solo navío de alto bordo. Sus temas eran notablemente limitados, aunque él parecía sumamente dispuesto a tomar cualquier tópico al azar como puente hacia lo que le interesaba.

– Así fue que el hacendado Trahern dirigió a su hija una última mirada de compasión, se encogió de hombros ante el ruego silencioso de ella y partió con una energía que desmentía su edad y su gordura. Sha

Sha

Cuando Berta dejó la bandeja y se preparó para servir el té, él se levantó y la hizo a un lado.

– No es una gracia masculina, mi querida -le informó él pomposamente a Sha

Levantó la tetera con florido ademán, llenó dos tazas nada más que hasta la mitad con el líquido y añadió una generosa porción de crema. Revolvió hasta que el fluido se convirtió en una sustancia espesa sin ningún parecido con el té. No advirtió la expresión horrorizada de Berta, añadió en una taza varias cucharadas de azúcar y se detuvo ante la otra.

– ¿Una o dos, querida mía? -preguntó con solicitud.

– Sin crema, sir Gaylord, por favor. Solamente té y muy poca azúcar.

– ¡Oh! -exclamó él Probó su propio té-. Delicioso, querida mía. Realmente, debería probado de este modo. Es la locura de Londres.

– Lo he probado -repuso Sha

Gaylord acomodó su cuerpo en una silla de respaldo recto, cruzó las piernas y bebió más té.

– Bueno, no importa. Confío en que tendré toda una vida para enseñarle los refinamientos de las personas inglesas elegantes.

Sha

– Sha

Sha

– Demasiada azúcar, me temo.

Agregó más té a su taza y no se atrevió a mirar a Berta. El ama de llaves estaba en el vano de la puerta que daba al vestíbulo y acariciaba con los dedos una pesada escultura, mientras entrecerraba los ojos en una forma muy poco característica. La anciana pareció llegar a una decisión y avanzó resueltamente.

– Tengo cosas que hacer -le informó a Sha

Antes que Sha

– Mi querida Sha

Se acercó un paso y Sha

– Le ruego que no se altere, querida mía. Tenga la seguridad de que nada de lo sucedido ha afectado en lo más mínimo mi respeto hacia usted.

Sha

– Buenos días. -La voz sonó animosa desde la puerta-. Es un día realmente hermoso.

Sha

– ¡Señor Ruark! ¿Está seguro de que debe estar levantado? -Puso en su voz toda la preocupación que le fue posible, a fin de disimular el enorme alivio que la inundó-. ¿Cómo está su pierna? ¿Ha mejorado tanto?

Ella sabía mejor que nadie que tres días de reposo y de bien preparados emplastos habían hecho maravillas. La noche anterior el cirujano, al cambiar las vendas había declarado que la herida estaba curada. Sha

Ruark, apoyándose en el bastón de Trahern, fue hasta el sofá y se sentó al lado de Sha

Sha

– ¡Señora Beauchamp!

Sha

– Perdón. No escuché…

– Obviamente, señora, puesto que tuve que repetir dos veces la pregunta. Pregunté si desearía dar un paseo por el jardín. De pronto aquí la atmósfera se ha vuelto sofocante y viciada.

– Oh, bueno, entonces abriré las ventanas.

Sin responder a la pregunta de él, corrió a abrir las amplias puertas ventanas y quedó un momento disfrutando de la brisa matinal.

– Está fresco -informó dirigiéndose a los dos, pero sus ojos fueron hacia Ruark-. A fines de septiembre siempre hay, brisas más frescas y chaparrones por la tarde. Las nubes se juntan en el extremo sur de la isla y poco antes. del crepúsculo pasan sobre las colinas y nos regalan con un chaparrón. Esta es la época en que la caña de azúcar crece más rápidamente.

Las puertas de cristal la enmarcaban maravillosamente y más allá el verde de los prados acentuaba su belleza de modo que a Ruark casi le resultaba doloroso mirarla. Era una visión.

Súbitamente, los tres se sobresaltaron por un fuerte ruido que venía del porche. Algo se había roto allí.

Con expresión intrigada, Sha

– ¡Milly! ¿Qué estás haciendo? -preguntó Sha