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Al entrar en el pueblo, el Nini sintió el llanto resignado de las mujeres a través de los postigos. Al pie de la trasera del Pruden, medio enterrada en el cieno, había una golondrina. En el alero, asomando sus cabecitas blanquinegras por la abertura del nido, piaban incansablemente las crías. Las callejas estaban desiertas y en los relejes había más barro que en pleno invierno. En la Plaza, la señora Clo barría briosamente los dos escalones de acceso al estanco. En la tapia de adobes, bajo las bardas del corral, un cartelón de letras desiguales decía: «¡Vivan los quintos del 5ó!». El Ley se detuvo, olisqueando en el zaguán del José Luis y el Nini le silbó tenuemente. La señora Clo le vio entonces, se apoyó en la escoba y le dijo moviendo la cabeza de arriba abajo y mordiéndose el labio inferior:

– Nini, hijo. ¿Qué te parece este castigo? -Ya ve.

– ¿Es que somos tan malos, Nini, como para merecer esto?

– Eso será, señora Clo.

Frente a los establos, salpicado de barro, estaba el automóvil del Poderoso y en la misma esquina don Antero y varios desconocidos hablaban dramáticamente con los hombres del pueblo. El Justito, y el José Luis, y el Matías Celemín, y el Rabino Chico, y el Antoliano, y el Agapito, y el Rosalino, y el Virgilio se encontraban allí, los ojos patéticamente abiertos, las espaldas vencidas como bajo el peso de un enorme fardo. Y don Antero, el Poderoso, decía:

– El seguro por descontado. Pero no hay que dormirse, Justo. Hoy mismo debe salir un pliego solicitando créditos y moratorias. De otro modo será la ruina, ¿oyes?

El Justito asintió débilmente:

– Por mí no ha de quedar, don Antero, ya lo sabe usted.

El Nini pasó de largo, los perros pegados a sus pies, pero antes de alcanzar el majuelo, oyó la voz tartajosa del Antoliano:

– Yo… yo no tengo seguro, don Antero.

Y la de Matías Celemín, el Furtivo, extrañamente fúnebre:

– Tampoco yo.

Un rumor de voces arrastradas se unió a la del Furtivo como un coro: «Ni yo», «ni yo», «ni yo».

Ya en el camino del majuelo, el Pruden le salió al paso. Pareció brotar de la tierra como un fantasma:

– Nini -dijo-. Tengo el trigo en morenas y no se ha desgranado -hablaba como disculpándose-:

Yo…

El niño habló sin detenerse:

– No trilles hasta que seque -dijo-. Pero tampoco lo retrases no sea que se nazca.

El Pruden le sujetó por un hombro:

– Aguarda -dijo-. Aguarda. ¿Tú crees que puedo yo ponerme a trillar delante de la miseria de los demás?

El Nini se encogió de hombros. Dijo, mirándole serenamente a los ojos:

– Eso es cosa tuya.

El Pruden se frotó las manos sin entusiasmo, tratando de dominar su nerviosidad. Luego hundió la derecha en el bolsillo y le tendió una peseta:

– Toma, Nini, por lo de ayer -dijo-. Más te daría, pero tengo aún que pagar tres jornaleros, hazte cuenta.

Bordeando el majuelo, desnudo por el pedrisco, el Nini se llegó al cauce. Poco más allá, del otro lado de los chopos, se encontró con Luis, el de Torrecillórigo. El muchacho le sonreía con sus dientes blanquísimos sin dejar de azuzar al perro.

– Dale, dale.

– ¿Qué haces?

– ¡Otra! ¿No lo ves? Cazar. ¿Crees tú que por este año se puede hacer otra cosa en el campo?

Le señalaba los trigos rotos, acostados en el barro: los dilatados campos convertidos en un pajonal estéril:

– ¿También en Torrecillórigo?

El hombre flanqueaba el arroyo a compás de la marcha del perro, entre los carrizos quebrados. Dijo:

– La nube no dejó tiesa una espiga. El niño observó al perro moteado:

– Ese perro no se aplica -dijo.

– ¿Lo hacen mejor los tuyos?

El niño señaló la cabeza jadeante de la Fa:

– Ésta es vieja y está tuerta, pero el cachorro ya las conoce y el año que viene se aplicará.

El muchacho de Torrecillórigo se echó a reír y se golpeó varias veces la bota con el extremo de la pincha de hierro:

– También el mío es nuevo -dijo. -El año ya tiene.

– Por San Máximo lo cumple. ¿En qué lo has conocido?

– En los ojos. Y en la boca. ¿Cómo se llama? -Lucero, ¿te gusta?

El niño denegó con la cabeza.

– ¿Por qué no te gusta el nombre?

– Es largo.

– ¿Largo? ¿Cómo se llaman los tuyos? -La perra Fa.

– ¿Y el cachorro?

– Loy.

El hombre volvió a reír:

– Para llamar a un perro cualquier nombre es bueno -agregó displicentemente.

De pronto, el muchacho levantó los ojos y su risa se fue contrayendo en la boca hasta convertirse en una mueca de estupor. El Nini oyó los pasos apresurados y alzó los ojos y vio al tío Ratero, aplastando en largas zancadas las cañas desmayadas del trigal. Llevaba la pincha en alto y gritaba algo inarticulado que no llegaban a ser palabras. Al alcanzar el borde del arroyo no se detuvo. Saltó en el agua, chapoteando como impulsado por una fuerza irracional y se echó sobre el muchacho con el hierro en alto. El Nini apenas tuvo tiempo de incorporarse, asirle de la raída americana y tirar hacia atrás con todas sus fuerzas, mas el muchacho de Torrecillórigo prendía ya la muñeca del Ratero manteniendo su pincho distante, mientras voceaba: «Date a razones, ¡coño!». Pero el Ratero mascullaba palabrotas y murmuraba obcecadamente: «Las ratas son mías. Las ratas son mías». De súbito, la Fa se arrancó sobre el muchacho, mordiéndole sañudamente las pantorrillas, pero el Lucero, a su vez, se lanzó sobre la perra y ambos animales se enzarzaron, mientras el Loy, el cachorro, ladraba desconcertado, sin saber qué partido tomar. El Nini, persuadido de la imposibilidad de separar a los hombres, los seguía en las evoluciones que provocaba la lucha, los ojos desorbitados intentando aplacarlos con sus voces, pero el Ratero no lo oía. Una fuerza ciega le empujaba y como para darse coraje se repetía una y otra vez: «Las ratas son mías. Las ratas son mías». Los perros peleaban aviesamente, se mordían con enconado ensañamiento mostrando sus colmillos blanquísimos, sin cesar de gruñir. En una ocasión rodaron por el barrizal hechos un ovillo y el Ratero tropezó en ellos y cayó entre los trigos, el cuerpo de su adversario montado sobre él. El muchacho de Torrecillórigo trató de reducirle hincándole las rodillas en los bíceps y en su tenso esfuerzo murmuraba: «Da-te-a-ra-zo-nes-co-ño», pero el Ratero le ganó la acción, se arqueó sobre el estómago y le lanzó hacia atrás golpeándole luego con las botas en el vientre. Los dos hombres se incorporaron, observándose de soslayo, jadeando, las pinchas levantadas, mientras los perros seguían ferozmente enlazados. Fue el Ratero quien de nuevo tomó la iniciativa, pero el muchacho atajó su golpe con el hierro y durante unos momentos cruzaron sus pinchos y las chispas saltaron al aire. El Ratero, la espalda rebozada de barro, observaba ahora a su adversario, con los párpados entornados como una alimaña y amagó con el pincho dos veces y le lanzó luego una patada brutal que le alcanzó en el pecho y le derrumbó sobre las mieses acostadas. El Ratero corrió hacia él, pero el muchacho, en un esguince felino, esquivó el cuerpo y el Ratero cayó de bruces sobre el fango. Al ponerse en pie su jadeo era áspero, acongojado, como un rugido. De vez en cuando repetía como un autómata: «Las ratas son mías, las ratas son mías». Una gruesa costra de barro le cubría el rostro y sus ojos adquirían, entre los párpados e