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(Y yo me la imaginaba abiertos los ojos junto al tranquilo sueño del marido. Doloridos los huesos por las posturas forzadas por miedo de despertarle… Atenta a los crujidos de la cama, al dolor de los párpados insomnes, a la propia angustia interior.)

– Por otra parte, Andrea, he tratado de contar anécdotas ridículas o groserías de Román. Anécdotas de las que mi recuerdo está lleno… Sin embargo, por este camino me atrevo muy poco. Si Ena me mira, siento que voy a enrojecer como si fuera culpable. Que me van a traspasar los ojos de mi hija… Mi padre me ha prometido que desde septiembre Luis tendrá que hacerse cargo de la sucursal de Madrid… Pero de aquí a entonces pueden suceder tantas cosas…

Se levantó para marcharse. No estaba aliviada por haber hablado conmigo. Antes de ponerse los guantes se pasó, con un gesto maquinal, la mano por la frente. Una mano tan fina que me dieron ganas de volver su palma hacia mis ojos para maravillarme de su ternura, como a veces me gusta hacer con el envés de las hojas…

En un momento vi que ella se alejaba, que en medio de la pesada sensación de estupor que me había quedado de aquella charla, la pequeña y delgada figura desaparecía entre la gente.

Más tarde, en mi cuarto, la noche se llenó de inquietudes. Pensé en las palabras de la madre de Ena: «Le he pedido ayuda a Román y no ha querido dármela…». Así pues, por fin, la señora había visto a solas a aquel hombre -y no sé por qué Román me daba cierta pena, me pareció un pobre hombre- a quien ella había acosado con sus pensamientos años atrás. Había visto el pequeño cuarto, el pequeño teatro en donde por fin se había encerrado Román con el tiempo. Y sus ojos amargos habían adivinado lo que de allí podía hechizar a la hija.

Ya de madrugada, un cortejo de nubarrones oscuros como larguísimos dedos empezaron a flotar en el cielo. Al fin, ahogaron la luna.

20

La mañana vino y me pareció sentirla llegar -cerrados aún mis párpados- tal como la Aurora, en un gran carro cuyas ruedas aplastasen mi cráneo. Me ensordecía el ruido -crujir de huesos, estremecimiento de madera y hierro sobre el pavimento-. El tintineo del tranvía. Un rumoreo confuso de hojas de árboles y de luces mezcladas. Un grito lejano:

– Drapaireee!…

Las puertas de un balcón se abrieron y se cerraron cerca de mí. La propia puerta de mi cuarto cedió de par en par, empujada por una corriente de aire y tuve que abrir los ojos. Me encontré la habitación llena de luz pastosa. Era muy tarde. Gloria se asomaba al balcón del comedor para llamar a aquel trapero que voceaba en la calle y Juan la detuvo por el brazo, cerrando con un golpe estremecedor los cristales.

– ¡Déjame, chico!

– Te he dicho que no se vende nada más. ¿Me oyes? Lo que hay en esta casa no es solamente mío.

– Y yo te digo que tenemos que comer…

– ¡Para eso gano yo bastante!

– Ya sabes que no. Ya sabes bien por qué no nos morimos de hambre aquí…

– ¡Me estás provocando, desgraciada!

– ¡No tengo miedo, chico!

– ¡Ah!… ¿No?

Juan la cogió por los hombros, exasperado.

– ¡No!

Vi caer a Gloria y rebotar su cabeza contra la puerta del balcón. Los cristales crujieron, rajándose. Oí los gritos de ella en el suelo.

– ¡Te mataré, maldita!

– No te tengo miedo, ¡cobarde!

La voz de Gloria temblaba, aguda.

Juan cogió el jarro del agua y trató de tirárselo encima cuando ella intentaba levantarse. Esta vez hubo cristales rotos, aunque no tuvo puntería. El jarro se rompió contra la pared. Uno de los trozos hirió, al saltar, la mano del niño, que sentado en su silla alta lo miraba todo con sus ojos redondos y serios.

– ¡Ese niño! Mira lo que has hecho a tu hijo, imbécil, ¡mala madre!

– ¿Yo?

Juan se abalanzó a la criatura, que estaba aterrada y que al fin comenzó a llorar. Y trató de calmarle con palabras cariñosas, cogiéndole en brazos. Luego se lo llevo para curarlo.

Gloria lloraba. Entró en mi habitación.

– ¿Has visto qué bestia, Andrea? ¡Qué bestia! Yo estaba sentada en la cama. Ella se sentó también, palpándose la nuca, dolorida por el golpe.

– ¿Te das cuenta de que no puedo vivir aquí? No puedo… Me va a matar, y yo no quiero morirme. La vida es muy bonita, chica. Tú has sido testigo… ¿Verdad que tú has sido testigo, Andrea, de que él mismo comprendió que yo era la única que hacía algo para que no nos muriéramos de hambre aquella noche en que me encontró jugando?… ¿No me dio la razón delante de ti, no me besaba llorando? Di, ¿no me besaba?

Se enjugó los ojos y sus menudas narices se encogieron en una sonrisa.

– A pesar de todo, hubo algo cómico en aquello, chica… Un poquitín cómico. Ya sabes tú… Yo le decía a Juan que vendía sus cuadros en las casas que se dedican a objetos de arte. Los vendía en realidad a los traperos, y con los cinco o seis duros que ellos me daban, podía jugar por la noche en casa de mi hermana… Allí van los amigos y amigas de ella, de tertulia, por las noches. A mi hermana le gusta mucho eso porque le hacen gasto de aguardiente y ella gana con eso. A veces se quedan hasta el amanecer. Son gente que juega bien y les gusta apostar. Yo gano casi siempre… Casi siempre, chica… Si pierdo, mi hermana me presta cuando tengo déficit y luego se lo voy devolviendo con un pequeño interés cuando gano otras veces… Es la única manera de tener un poco de dinero honradamente. Te digo a ti que algunas veces he llegado a traer a casa cuarenta o cincuenta duros de una vez. Es muy emocionante jugar, chica… Aquella noche yo había ganado, tenía treinta duros delante de mí… Y lo que son las casualidades, figúrate que vino bien el que apareciera Juan, porque yo tenía por contrario a un hombre muy bruto y había hecho un poquitín de trampa… Algunas veces hay que hacerlo así. Pues sí, es un hombre con un ojo torcido. Un tipo curioso que a ti te gustaría conocer, Andrea. Lo peor es que no se sabe bien adonde mira y lo que ha visto y lo que no… Un tipo que hace contrabando y que ha tenido algo que ver con Román. ¿Tú sabes que Román se dedica a negocios sucios?

– ¿Y Juan?

– ¡Ah, sí, sí! Era un momento emocionante, chica, estábamos todos callados y Tonet dijo:

»-Pues a mí me parece que a mí nadie me va a tomar el pelo…

»Yo, por dentro, estaba un poquito asustada… Y en este momento se empiezan a oír los golpes en la puerta de la calle. Una amiga de mi hermana, Carmeta -una chica muy guapa, no creas…- dijo:

»-Tonet, me parece que va por ti.

»Y Tonet, que ya estaba escuchando con la mosca sobre la oreja, se levantó como un rayo, porque aquellos días andaba huido. El marido de mi hermana le dijo…, bueno el marido de mi hermana no es marido, ¿sabes?, pero es igual; pues le dijo:

»-Corre a la azotea, y pásate por allí a casa del Martillet. Yo contaré hasta veinte antes de abrir. Parece que no son más que uno o dos los que están abajo…

»Tonet echó a correr escaleras arriba. La puerta parecía que iba a caerse a golpes. Mi hermana misma, que es la más diplomática, fue a abrir. Entonces sentimos a Juan despotricando y mi cuñado frunció el ceño porque no le gustan las historias sentimentales. Corrió a ver qué pasaba. Juan discutió con él. Aunque mi cuñado es un hombre gordo, de dos metros de alto, ya sabes tú que los locos tienen mucha fuerza, chica, y Juan estaba como loco. No lo pudo contener; pero cuando ya había pasado delante de él y apartaba la cortina, le dio mi cuñado un puñetazo en la espalda y le hizo caer al suelo, de cabeza, en nuestra habitación. Me dio pena, pobrecillo (porque yo a Juan le quiero, Andrea. Me casé enamoradísima de él, ¿sabes?). Yo le cogí la cabeza, arrodillándome a su lado y le empecé a decir que yo estaba allí para ganar dinero para el niño. Él me dio un empujón y se levantó no muy seguro. Mi hermana, entonces, se puso en jarras y le soltó un discurso. Le dijo que ella misma me había hecho proposiciones con hombres que me hubieran pagado bien y que yo no quise aceptar porque le quería a él, aunque siempre estaba pasando miserias por su culpa. Siempre calladita y sufriendo por él. Juan, pobrecillo, estaba quieto, con los brazos caídos y lo miraba todo. Vio que sobre la mesa estaban las apuestas, que estaban allí Carmeta y Teresa y dos buenos chicos que son sus novios. Vio que allí se iba en serio y que no había ninguna fiesta… Mi hermana le dijo que yo había ganado treinta duros mientras él pensaba en matarme. Entonces mi cuñado empezó a eructar en un rincón donde estaba con sus manos puestas en el cinturón y pareció que Juan se iba a volver a él para empezar otra vez el ataque de furia…, pero mi hermana es una mujer que vale mucho, chica. Tú ya la conoces, y le dijo:

»-Ahora, joanet, a tomar un poco de aguardiente conmigo y en seguida tu mujercita arregla sus ganancias con estos amigos y se va a casa a cuidar a su nen.

«Entonces mi cabeza empezó a trabajar mucho. Entonces, cuando mi hermana se llevó a Juan a la tienda, empecé a pensar que si Juan había venido era porque tú o la abuela le habríais llamado por teléfono y que lo más probable era que el niño, a aquellas horas, estuviera muerto… Porque yo pienso mucho, chica. ¿Verdad que no lo parece? Pues yo pienso mucho.

»Me entró una pena y una congoja, que no podía contar el dinero que me pertenecía, allí en la mesa donde estábamos jugando… Porque yo al nen le quiero mucho; ¿verdad que es muy mono? ¡Pobrecito!…

»La Carmeta, que es tan buena, me arregló las cuentas. Y ya no se volvió a hablar de que yo hubiera hecho trampa… Luego te encontré a ti con Juan y con mi hermana. Fíjate si estaba tonta que casi ni me extrañó. No se me ocurría más que una idea: "El nen está muerto, el nen está muerto"… Y entonces tú pudiste ver que Juan me quería de verdad cuando se lo dije… Porque los hombres, chica, se enamoran mucho de mí. No se pueden olvidar de mí tan fácilmente, no creas… Juan y yo nos hemos querido tanto…

Nos quedamos calladas. Yo me empecé a vestir. Gloria se iba tranquilizando y estiraba los brazos con pereza. De pronto se fijó en mí.

– ¡Qué pies tan raros tienes! ¡Tan flacos! ¡Parecen los de un Cristo!

– Sí, es verdad -Gloria al final me hacía sonreír siempre-; los tuyos, en cambio, son como los de las musas…

– Muy bonitos, ¿no?

– Sí.

(Eran unos pies blancos y pequeños, torneados e infantiles.) Oímos la puerta de la calle. Juan salía. Apareció la abuela con una sonrisa.