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Iturdiaga levantó las cejas y sonrió con altiva melancolía. Sus largos pantalones azules terminaban en unos zapatos brillantes como espejos. No sabía yo si acercarme a él, pues me sentía humilde y ansiosa de compañía, como un perro… En aquel momento me distrajo oír su apellido, Iturdiaga, pronunciado con toda claridad a mis espaldas, y volví la cabeza. Yo estaba apoyada en una ventana baja, abierta al jardín. Allí, en uno de los estrechos senderillos asfaltados, vi a dos señores que sin duda paseaban charlando de negocios. Uno de ellos, enorme y grueso, tenía cierto parecido con Gaspar. Se habían detenido en su paseo a pocos pasos de la ventana, tan animadamente discutían.
– ¿Pero usted se da cuenta de lo que puede hacernos ganar la guerra en este caso? ¡Millones, hombre, millones!… ¡No es un juego de niños, Iturdiaga!…
Siguieron su camino.
A mí me vino a los labios una sonrisa, como si en efecto los viera cabalgar por el cielo enrojecido de la tarde (sobre las dignas cabezas de hombres importantes un capirote de mago) a lomos del negro fantasma de la guerra que volaba sobre los campos de Europa…
Pasaba el tiempo demasiado despacio para mí. Una hora, dos, quizás, estuve sola. Yo observaba las evoluciones de aquellas gentes que, al entrárseme por los ojos, me llegaban a obsesionar. Creo que estaba distraída cuando volví a ver a Pons. Estaba él enrojecido y feliz brindando con dos chicas, separado de mí por todo el espacio del salón. Yo también tenía en la mano mi copa solitaria y la miré con una sonrisa estúpida. Sentí una mezquina e inútil tristeza allí sola. La verdad es que no conocía a nadie y estaba descentrada. Parecía como si un montón de estampas que me hubiera entretenido en colocar en forma de castillo cayeran de un soplo como en un juego de niños. Estampas de Pons comprando claveles para mí, de Pons prometiéndome veraneos ideales, de Pons sacándome de la mano, desde mi casa, hacia la alegría. Mi amigo -que me había suplicado tanto, que me había llegado a conmover con su cariño- aquella tarde, sin duda, se sentía avergonzado de mí… Quizá había estropeado todo la mirada primera que dirigió su madre a mis zapatos… O era quizá culpa mía. ¿Cómo podría entender yo nunca la marcha de las cosas?
– Te aburres mucho, pobrecita… ¡Este hijo mío es un grosero! ¡Voy a buscarle en seguida!
La madre de Pons me había observado durante aquel largo rato, sin duda. La miré con cierto rencor, por ser tan diferente a como yo me la había imaginado. La vi acercarse a mi amigo y al cabo de unos minutos estuvo él a mi lado.
– Perdóname, Andrea, por favor… ¿Quieres bailar? Se oía otra vez la música.
– No, gracias. No me encuentro bien aquí y quisiera marcharme.
– Pero ¿por qué, Andrea?… ¿No estarás ofendida conmigo?… He querido muchas veces venir a buscarte… Me han detenido siempre por el camino… Sin embargo, yo estaba contento de que tú no bailaras con los otros; te miraba a veces…
Nos quedamos callados. Él estaba confuso. Parecía a punto de llorar.
Pasó una de las primas de Pons y nos lanzó una pregunta absurda:
– ¿Riña sentimental?
Tenía una sonrisa forzada de estrella de cine. Una sonrisa tan divertida que ahora me sonrío al acordarme. Entonces vi sonrojarse a Pons. A mí me subió como un demonio del corazón, haciéndome sufrir.
– No puedo encontrar el menor placer en estar entre gente así - dije-, como esa chica, por ejemplo… Pons pareció dolido y agresivo.
– ¿Qué tienes que decir de esa chica? La conozco de toda mi vida, es inteligente y buena… Tal vez es demasiado guapa a tu juicio. Las mujeres sois todas así.
Entonces me puse encarnada yo, y él, inmediatamente arrepentido, intentó coger una de mis manos.
«¿Es posible que sea yo -pensé- la protagonista de tan ridícula escena?»
– No sé qué te pasa hoy, Andrea, no sé qué tienes que no eres como siempre…
– Es verdad. No me encuentro bien… Mira, en realidad, yo no quería venir a tu fiesta. Yo quería solamente felicitarte y marcharme, ¿sabes?… Sólo que cuando tu madre me saludó, yo estaba tan confusa… Ya ves que ni siquiera he venido vestida a propósito. ¿No te has fijado que he traído unos viejos zapatos de deporte? ¿No te has dado cuenta?
«¡Oh! -pensaba algo en mi interior con una mueca de repugnancia-. ¿Por qué digo tal cantidad de idioteces?» Pons no sabía qué hacer. Me miraba, asustado. Tenía las orejas encarnadas y parecía muy pequeñito metido en su elegante traje oscuro. Lanzó una instintiva mirada de angustia hacia la lejana silueta de su madre.
– No me he dado cuenta de nada, Andrea -balbuceó-, pero si quieres marcharte…, yo…, no sé qué hacer para impedirlo.
Me entró cierto malestar por las palabras que había llegado a decir, después de la gran pausa que siguió.
– Perdóname lo que te dije de tus invitados, Pons.
Fuimos, callados, hasta el recibidor. La fealdad de los ostentosos jarrones me hizo encontrarme más segura y firme allí y alivió algo mi tensión. Pons, súbitamente conmovido, me besó la mano cuando nos despedíamos.
– Yo no sé qué ha pasado, Andrea; primero fue la llegada de la marquesa… (¿Sabes? Mamá es un poco anticuada en eso; respeta mucho los títulos.) Luego mi prima Nuria me llevó al jardín. Bueno, me hizo una declaración de amor…, no…
Se detuvo y tragó saliva.
Me dio risa. Todo aquello me parecía ya cómico.
– ¿Es aquella chica tan guapa que nos habló hace un momento?
– Sí. No quería decírtelo. A nadie, naturalmente, quisiera decírselo… Después… Ya ves, Andrea, que no podía estar contigo. Después de todo fue muy valiente de su parte lo que hizo. Es una chica seductora. Tiene miles de pretendientes. Usa un perfume…
– Sí, claro.
– Adiós… De modo que… ¿cuándo nos volveremos a ver?
Y se volvió a poner encarnado, porque aún era muy niño en realidad. Sabía perfectamente, lo mismo que yo, que en adelante ya sólo nos encontraríamos por casualidad, en la universidad, tal vez, después de las vacaciones.
El aire de fuera resultaba ardoroso. Me quedé sin saber qué hacer con la larga calle Muntaner bajando en declive delante de mí. Arriba, el cielo, casi negro de azul, se estaba volviendo pesado, amenazador aun, sin una nube. Había algo aterrador en la magnificencia clásica de aquel cielo aplastado sobre la calle silenciosa. Algo que me hacía sentirme pequeña y apretada entre fuerzas cósmicas como el héroe de una tragedia griega.
Parecía ahogarme tanta luz, tanta sed abrasadora de asfalto y piedras. Estaba caminando como si recorriera el propio camino de mi vida, desierto. Mirando las sombras de las gentes que a mi lado se escapaban sin poder asirlas. Abocando en cada instante, irremediablemente, en la soledad.
Empezaron a pasar autos. Subió un tranvía atestado de gente. La gran vía Diagonal cruzaba delante de mis ojos con sus paseos, sus palmeras, sus bancos. En uno de estos bancos me encontré sentada, al cabo, en una actitud estúpida. Rendida y dolorida como si hubiera hecho un gran esfuerzo.
Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos.
Empezó a temblarme el mundo detrás de una bonita niebla gris que el sol irisaba a segundos. Mi cara sedienta recogía con placer aquel llanto. Mis dedos lo secaban con rabia. Estuve mucho rato llorando, allí, en la intimidad que me proporcionaba la indiferencia de la calle, y así me pareció que lentamente mi alma quedaba lavada.
En realidad, mi pena de chiquilla desilusionada no merecía tanto aparato. Había leído rápidamente una hoja de mi vida que no valía la pena de recordar más. A mi lado, dolores más grandes me habían dejado indiferente hasta la burla…
Corrí, de vuelta a casa, la calle de Aribau casi de extremo a extremo. Había estado tanto tiempo sentada en medio de mis pensamientos que el cielo se empalidecía. La calle irradiaba su alma en el crepúsculo, encendiendo sus escaparates como una hilera de ojos amarillos o blancos que mirasen desde sus oscuras cuencas… Mil olores, tristezas, historias subían desde el empedrado, se asomaban a los balcones o a los portales de la calle de Aribau. Un animado oleaje de gente se encontraba bajando desde la solidez elegante de la Diagonal contra el que subía del movido mundo de la plaza de la Universidad. Mezcla de vidas, de calidades, de gustos, eso era la calle de Aribau. Yo misma: un elemento más, pequeño y perdido en ella.
Llegaba a mi casa, de la que ninguna invitación a un veraneo maravilloso me iba a salvar, de vuelta de mi primer baile en el que no había bailado. Caminaba desganada, con deseos de acostarme. Delante de mis ojos, un poco doloridos, se iluminó aquel farol, familiar ya como las facciones de un ser querido, que se levantaba sobre su brazo negro delante del portal.
En aquel momento vi con asombro a la madre de Ena que salía de mi casa. Ella me vio también y vino hacia mí. Como siempre, el hechizo de la dulzura y de la sencilla elegancia de aquella mujer me penetraron hondamente. Su voz entró por mis oídos trayéndome un mundo de recuerdos.
– ¡Qué suerte haberla encontrado, Andrea! -me dijo-. He estado esperándola en su casa mucho tiempo… ¿Tiene usted un momento para mí? ¿Me permitirá que la invite a tomar un helado en cualquier sitio?