Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 91 из 114

Consultó su reloj de pulsera: tres minutos para la salida. Fuera del compartimento, el pasillo se estaba llenando rápidamente de viajeros. No tenía nada de insólito que algunos pasajeros desafortunados tuvieran que pasarse todo el trayecto de pie o sentados en los pasillos. Neuma

Perfecto. El tren arrancaba ya. Neuma

Aterrizó con bastante suavidad, trotó unas cuantas zancadas y redujo la inercia hasta adoptar un paso vivo. Levantó la cabeza a tiempo de ver que el revisor, con cara de fastidio, cerraba la puerta. Neuma

La riada de tránsito vespertino inundaba Euston Road. Llamó a un taxi y subió. Dio al conductor unas señas del East End y se arrellanó en el asiento.

48

Hampton Sands (Norfolk)

Mary Dogherty esperaba a solas en la casa. Siempre había pensado que era una vivienda encantadora -cálida, espaciosa, alegre-pero ahora le parecía claustrofóbica y angosta como una catacumba. Paseó inquieta. Afuera, la gran tormenta anunciada por los servicios meteorológicos había llegado por fin a la costa de Norfolk. La lluvia azotaba las ventanas y sacudía los cristales. El viento soplaba implacable y gemía a través de los aleros. Oyó el chirrido de una de las tejas que cedía en el tejado.

Sean estaba ausente, había ido a Hunstanton para recoger a Neuma

Era como una pesadilla, como si estuviera escuchando la conversación de otras personas, viendo una película o leyendo un libro. La idea era ridícula: Sean Dogherty, desamparado granjero de la costa de Norfolk y simpatizante del IRA, iba a trasladarse a Alemania en un submarino. Mary supuso que era la culminación lógica del espionaje de Sean. Había sido una ilusa al esperar que las cosas volvieran a la normalidad cuando terminase la guerra. Se había engañado a sí misma.

Sean iba a huir y a dejarla allí para que afrontara sola las consecuencias. ¿Qué harían las autoridades? «Lo único que tienes que decirles es que no sabías nada del asunto, Mary.» ¿Y si no la creían? ¿Qué harían entonces con ella? ¿Cómo iba a seguir en el pueblo si todo el mundo estaba enterado de que Sean había sido espía? La expulsarían de la costa de Norfolk. La echarían de todos los pueblos ingleses donde intentara afincarse. Tendría que abandonar Hampton Sands. Tendría que dejar a Je

Rompió a llorar. Pensó: «¡Maldito seas, Sean Dogherty! ¿Cómo has podido ser tan condenadamente imbécil?».

Mary volvió a la ventana. En el camino, por la parte del pueblo, vislumbró un puntito de luz que oscilaba bajo el diluvio. Al cabo de un momento distinguió el brillo de un impermeable mojado y el débil contorno de alguien montado en una bicicleta, el cuerpo inclinado hacia adelante para ofrecer menos resistencia al viento, los codos en punta, las rodillas subiendo y bajando. Era Je

– Dios mío, Je

– ¡Oh, Mary, es maravilloso! Tanto viento. Una delicia.

– No cabe duda de que has perdido un tornillo. Siéntate cerca de la lumbre, anda. Te prepararé un poco de té.

Je

– ¿Dónde está James? -preguntó.

– En este momento no está aquí -respondió Mary desde la cocina-. Se ha ido con Sean a alguna parte.

– ¡Ah! -exclamó Je

Mary dejó lo que estaba haciendo y entró de nuevo en el salón. Miró a Je

– ¿Por qué te preocupas tanto de James, así, de repente?

– Sólo quería verle. Saludarle. Pasar un rato con él. Nada más.

– ¿Nada más? ¿Qué mosca te ha picado, Je

– Me cae bien, Mary. Me gusta mucho. Y yo le gusto a él.

– ¿Que te gusta y que le gustas? ¿De dónde has sacado semejante idea?

– Lo sé, Mary, créeme. No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé. Mary la cogió por los hombros.

– Escúchame, Je

– Sí, Mary. ¡Me haces daño!

– Apártate de él, Olvídale. No es para ti.

Je

– No puedo olvidarle, Mary. Le quiero. Y él me quiere a mí. Lo sé.

– Je

Je

– Es para mí, Mary. Le quiero. Llevas tanto tiempo atrapada aquí con Sean que has olvidado lo que es el amor.

Luego cogió su impermeable y se precipitó por la puerta, que cerró tras de sí con resonante portazo. Mary se acercó presurosa a la ventana y vio a Je

La lluvia batía el rostro de Je

Estaba furiosa con Mary. ¿Cómo se atrevía a interponerse entre James y ella? ¿Y qué significaba aquel comentario que hizo acerca de él? «No es lo que aparenta.» También estaba furiosa consigo misma. Se sentía fatal por los terribles insultos que cuando salía por la puerta dirigió a Mary a pleno pulmón. Era la primera vez que regañaban. Por la mañana, cuando las cosas se hubieran calmado, Je

Distinguió a lo lejos la silueta de su casa, recortándose contra el cielo. Desmontó en el portillo, empujó la bicicleta por el camino de acceso y la dejó apoyada en la pared. Apareció su padre en el umbral de la puerta; se secaba las manos con un trapo. Tenía el rostro hinchado como consecuencia de la pelea. Je

– ¿Has estado otra vez con él?

– No, papá. -Je

Él alzó una mano y la abofeteó, contraído su abotargado rostro en una mueca de ira.

– ¡Dime la verdad, Je

– ¡No, te lo juro! -chilló Je

Martin Colville soltó su presa.

– Entra y prepárame algo de cena.

A Je

49

Londres

En cuanto Rudolf subió a aquel vagón atestado de gente, Clive Roach supo que iba a tener problemas. Todo iría bien para él, para Roach, en tanto el agente alemán permaneciese sentado dentro del compartimento. Pero si el agente abandonaba el compartimento para ir al lavabo, al coche restaurante o a otro vagón, Roach se vería en dificultades. Los pasillos estaban de bote en bote, había pasajeros que iban de pie, otros prefirieron sentarse y algunos intentaban en vano dormitar un poco. Moverse por el tren era toda una prueba; había que dar codazos y empujones para desplazarse entre la gente y decir continuamente «Perdone» o «Le ruego me disculpe». Pretender seguir a alguien sin que le detectasen resultaría espinoso, por no decir imposible, si el agente era bueno. Y todo lo que había visto Roach hasta entonces indicaba que Rudolf lo era.

Roach empezó a temerse lo peor cuando Rudolf, con el convoy todavía en el andén, salió del compartimento, apretándose el estómago con las manos, y empezó a abrirse camino por el atiborrado pasillo. El agente era bajo de estatura, medía poco más de metro sesenta y cinco, y su cabeza desapareció rápidamente entre la masa de viajeros. Roach avanzó unos pasos, lo que le permitió cosechar unos cuantos gruñidos y protestas por parte de los otros pasajeros. Era reacio a acercarse demasiado; Rudolf había dado media vuelta y vuelto sobre sus pasos varias veces y Roach se temía que se hubiese fijado en su rostro. La iluminación del pasillo era escasa, a causa de las normas del oscurecimiento y, por otra parte,el humo de los cigarrillos velaba aún más la atmósfera. Roach se mantuvo entre las sombras y vio a Rudolf llamar dos veces a la puerta del lavabo. Otro pasajero se le puso delante y durante unos segundos perdió de vista a Rudolf. Cuando volvió a tener el terreno despejado, el agente había desaparecido.