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La mañana había sido como vivir un sueño. Era como si ella hubiese entrado por arte de magia en otra persona y se hubiera integrado en su mundo. Se vistió y preparó café mientras Jordan se afeitaba y duchaba; la apacible escena doméstica le resultó extraña. Sintió como una puñalada de miedo cuando Peter dio la vuelta a la llave de la puerta y entró en su estudio. «¿Dejé algo fuera de su sitio? ¿Se dará cuenta de que anoche estuve ahí?» Compartieron un taxi. Durante el corto trayecto hasta la plaza de Grosvenor otro pensamiento asaltó a Catherine: «¿Y si no desea volver a verme?». Hasta aquel momento eso no se le había ocurrido. A menos que Peter se sintiera interesado por ella, todos sus esfuerzos habrían sido en balde. Sus temores carecían de base. Al llegar el taxi a la plaza de Grosvenor, Peter le pidió que cenase con él aquella noche en un restaurante italiano de la calle Charlotte.

Catherine dio media vuelta y desanduvo lo andado por el Embankment. Neuma

– Tienes cara de no estar dispuesta a hacerle ascos a una taza de café -dijo Neuma

Le ofreció el brazo, Catherine aceptó y caminaron Embankment adelante. Hacía un frío intenso. Ella le entregó la película, que Neuma

– Sabes dónde has de entregar eso, supongo -dijo Catherine.

– Plaza de Cavendish. Un hombre de la embajada portuguesa llamado Hernandes lo recogerá esta tarde a las tres y lo incluirá en la valija diplomática. Estará en Lisboa esta noche y en Berlín mañana por la mañana.

– Estupendo.

– A propósito, ¿qué es?

– La agenda de Peter Jordan y unas cuantas fotos de su estudio. No gran cosa, pero es un principio.

– Impresionante -comentó Neuma

– Le induje a invitarme a cenar; luego le dejé que me llevara a la cama. Me levanté en mitad de la noche y me colé en su gabinete. La combinación funcionó. También vi lo que guardaba en la caja fuerte.

Neuma

– Infernalmente arriesgado. Si llega a bajar la escalera, te habrías visto en un buen compromiso.

– Ya lo sé. Por eso necesito esto. -Sacó del bolso y le entregó el molde de arcilla con la impronta de las llaves-. Busca a alguien que saque copias y las dejas hoy en mi piso. Mañana, cuando Jordan vaya a trabajar, volveré, entraré en su casa y tiraré fotos de todo lo que haya en el estudio.

Neuma

– Muy bien. ¿Algo más?

– Sí, a partir de ahora, se acabaron las conversaciones como esta. Tropezamos uno contra otro, te paso la película, te marchas y se la das al portugués. Si tienes algún mensaje para mí, lo escribes y me lo pasas. ¿Entendido?

– Entendido.

Interrumpieron la marcha.

– Bueno, le espera una jornada de trabajo ajetreada, señor Porter.-Le besó en la mejilla y le dijo al oído-: Me he jugado el cuello para hacerme con esos objetos. No la jodamos ahora.

Dio media vuelta y se alejó Embankment abajo.

El primer problema con el que se enfrentaba Horst Neuma

A Neuma

– ¿Hace usted llaves, compañero? -preguntó Neuma

– ¿Puede hacer llaves a partir de moldes como estos? -Sí, pero le, saldrán un poco caras.

– ¿Qué tal le suenan diez chelines?

El hombre sonrió; le faltaban la mitad de los dientes, más o menos.

– Me suenan a música divina. -Tomó el pequeño bloque de arcilla-. Las tendrá mañana a mediodía.

– Las necesito ahora.

El empleado le obsequió con otra muestra de su horrible sonrisa.-Bueno, pues en tal caso le va a costar otros diez chelines. Neuma

– Esperaré mientras las prepara, si no le importa.

– Como si estuviera en su casa.

Escampó por la tarde. Neuma

Callejeó por Chelsea y Kensington, para adentrarse finalmente por Earl’s Court. Puso las llaves dentro de un sobre y lo echó en el buzón de Catherine. Después almorzó sentado a una mesa junto a la ventana de un abarrotado café. Una mujer que estaba un par de mesas más allá empezó a lanzarle miradas insinuantes, pero Neuma

Quince minutos después se detuvo en una cabina telefónica, descolgó el auricular y marcó un número urbano. Le respondió un hombre que hablaba con forzado acento inglés. Cortésmente, Neuma

Aún le quedaba una hora por matar. Anduvo por Kensington, rodeó Hyde Park y llegó a Marble Arch. La capa de nubarrones se hizo más espesa y empezó a llover…, sólo unas pocas gotas gruesas y frías, para empezar, como preámbulo para anunciar el aguacero que iba a seguir. Se zambulló en una librería abierta en una calleja que desembocaba en la plaza de Portman. Curioseó un poco y rechazó la oferta de ayuda que le brindó una muchacha de cabellara morena que, de pie en lo alto de una escalera, colocaba un montón de libros en el anaquel superior de la estantería. Neuma

Llegó a la plaza de Cavendish. El aguacero se había reducido a una llovizna helada. Hacía demasiado frío para sentarse en un banco de la plaza, así que dio varías vueltas por allí, sin apartar la vista del portal de la esquina suroeste. Al cabo de veinte minutos se presentó el hombre grueso.

Llevaba traje gris, abrigo del mismo color y sombrero hongo. Y actuaba como si estuviese a punto de asaltar un banco. Introdujo la llave en la cerradura de la puerta, dando la impresión de que se aprestaba a entrar en territorio enemigo y pasó al interior. Cuando la puerta se hubo cerrado, Neuma

Neuma

Dejó la plaza de Cavendish, con los libros bajo el brazo, tomó el metro hacia el este, rumbo a la calle Liverpool, donde abordó el tren de última hora de la tarde con destino a Hunstanton.