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– ¿Cómo acabaste en este asunto?
Neuma
– A nuestro Kurt se le da estupendamente encontrar trabajo a los elementos con inquietudes -dijo Catherine cuando Neuma
– Una misión, y fuera. Vuelta a Alemania.
Silbó la tetera. Neuma
Neuma
– Aparte de instruirme acerca de mi misión, ¿cuál es tu tarea? -le preguntó Catherine.
– Proporcionarte cuanto necesites, básicamente. Soy tu correo, tu agente de apoyo, tu radiotelegrafista. Vogel quiere que sigas sin aparecer por las ondas. Está convencido de que eso no es seguro. Sólo utilizarás la radio en el caso de que me necesites. Entonces te pondrás en contacto con Vogel mediante una señal acordada previamente y él se pondrá en contacto conmigo.
Catherine asintió con la cabeza y dijo:
– ¿Y cuando todo haya acabado? ¿Cómo se supone que saldremos de Gran Bretaña? Por favor, no me vengas con alguna heroicidad como robar una embarcación y zarpar rumbo a Francia, porque eso no es posible.
– Claro que no. Vogel te ha reservado un pasaje de primera a bordo de un sumergible.
– ¿Cuál?
– El U509.
– ¿Dónde?
– En el mar del Norte.
– Fabuloso. ¿En qué punto del mar del Norte?
– Spurn Head, en la costa del condado de Lincoln.
– Llevo viviendo aquí cinco años, teniente Neuma
– Vogel tiene una embarcación con su capitán aguardando en un muelle del río Humber. Cuando llegue el momento de abandonar el país, me pongo en contacto con él y nos lleva hasta el submarino.
Catherine pensó: «De modo que Vogel tenía ya preparada una vía de escape y nunca me dijo una palabra.»
La muchacha tomó un sorbo de su té, al tiempo que observaba a Neuma
– ¿Es preciso tomárselo en serio? -preguntó Neuma
– ¿Has visto el edificio situado detrás de éste?
Neuma
– ¿Dónde está el refugio más próximo?
– Al doblar la esquina. -Catherine le sonrió-. Bienvenido a Londres, teniente Neuma
A primera hora de la tarde del día siguiente, el tren de Neuma
– ¿Cómo te fue? -preguntó Dogherty, mientras caminaban hacia la camioneta.
– Todo como una seda.
Dogherty conducía desgradablemente de prisa por la carretera de carril único, ondulante y de firme en plena descomposición. La camioneta era una carraca chirriante que pedía a gritos una revisión total. Sombras opacas amortajaban los faros. Una babeante luz amarillo pálido se esforzaba infructuosamente en iluminar el camino. Neuma
Corrieron a una estación de metro, como todo el mundo, y permanecieron tres horas en un frío y húmedo andén, esperando a que las sirenas anunciaran que había pasado el peligro. Catherine. durmió un rato, permitiéndose apoyar la cabeza en el hombro de Neuma
Estuvieron hablando hasta el amanecer. A decir verdad, había hablado él, mientras ella escuchaba. Catherine no dijo prácticamente nada, salvo para corregirle cuando cometía un error o cuando se contradecía respecto a algo que dijo horas antes. Era evidente que la muchacha tenía un cerebro poderoso, capaz de almacenar cantidades inmensas de información. No era extraño que Vogel tuviese tanto respeto por sus aptitudes.
Una aurora grisácea se extendía sobre Londres cuando Neuma
En el tren, apoyó la cabeza en las manos, a falta de otra almohada mejor, y trató de dormir. «No caiga bajo su hechizo -le había advertido Vogel medio en broma, el último día que estuvieron juntos en la granja-. Manténgase a una distancia segura. Esa chica tiene lugares oscuros a los que usted no ha de querer ir.»
Neuma
Neuma
Mi queridísima A
No sabes lo que me ha alegrado saber que te encuentras bien y a salvo. Desde que me dejaste, toda la luz ha desaparecido de mi vida. Rezo para que esta guerra acabe pronto y podamos volver a estar juntos. Buenas noches y dulces sueños, pequeña.
Tu padre que te adora
Cuando acabó de leerla, llevó la carta a la cocina, la puso sobre la llama de gas y al prender el papel la echó al fregadero. Ardió con rápida llamarada y se consumió en unos segundos. Catherine abrió el grifo y el agua se llevó las negras cenizas por el sumidero. Sospechaba que era una falsificación, que Vogel se la había inventado para mantenerla animada. Pero temía que su padre hubiese muerto. Volvió a la cama y permaneció allí tendida, despierta, entre la suave claridad grisácea de la mañana, escuchando el repiqueteo de la lluvia contra los cristales de la ventana. Pensando en su padre, pensando en Vogel.
17
Gloucestershire (Inglaterra)
– ¡Enhorabuena, Alfred! Entra. Lamento que haya tenido que ocurrir así, pero acabas de convertirte en un hombre más bien rico.
Edward Kenton le tendió la mano como si esperase que Vicary se empalase en ella. Vicary se la estrechó débilmente y luego pasó junto a Kenton y entró en el salón de la casita de campo de su tía.
– Maldito frío el que hace ahí fuera -comentó Kenton, mientras Vicary echaba un vistazo a la habitación. No había estado allí desde el principio de la guerra, pero todo continuaba igual, sin ningún cambio-. Espero que no te importe que haya encendido el fuego. Cuando llegué, esto era una nevera. También hay té. La tienda del pueblo tenía esta mañana leche de verdad, todo un lujo. Te serviré un poco.
Vicary se quitó el abrigo mientras Kenton Iba a la cocina. No era lo que se entiende por una verdadera casita de campo, como Matilda se había empeñado en llamarla. Se trataba más bien de una casa grande, de piedra caliza de Cotswolds, con espectaculares jardines rodeados por una tapia alta. Matilda murió de un derrame cerebral la noche en que Boothby asignó el caso a Vicary. Éste tenía intención de asistir al funeral, pero Churchill le convocó aquella mañana, cuando en Pletchley Park descifraron las señales de radio alemanas. Le sentó espantosamente tener que perderse los servicios religiosos. Matilda había criado virtualmente a Vicary, a raíz del fallecimiento de la madre de éste, que entonces sólo contaba doce años. Siempre fueron los mejores amigos del mundo. Matilda fue la única persona a la que Vicary hizo partícipe de su misión en el MI-5. «¿Qué haces exactamente, Alfred?«Capturo espías alemanes, tía Matilda.» «¡Oh, estupendo para ti, Alfred!»