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El dolor que siente entonces no se parece a nada que haya sufrido nunca. Nota que la desgarran. Con una mano, el furtivo le inmoviliza los brazos por encima de la cabeza; con la otra le tapa la boca para que nadie pueda oírla gritar. Nota contra su pierna el contacto de los cuerpos todavía calientes de los conejos muertos. La cara del furtivo se contrae, como si le doliese algo, y todo acaba tan repentinamente como empezó.
El furtivo vuelve a hablarle.
– ¿Has visto los conejos? ¿Viste lo que les hice a los conejos? Ella trata de asentir, pero la mano que le aplasta la boca aprieta tan fuerte que no puede mover la cabeza.
– Si le cuentas a alguien lo que acaba de pasar aquí ahora, haré lo mismo contigo. Y luego se lo haré a tu padre. Os mataré a tiros a los dos y colgaré vuestras cabezas de mi cinto. ¿Me has oído, nena?
Ella rompe a llorar.
– Eres una niña muy mala -dice el hombre-. ¡Ah, sí, ya lo veo! Creo que esto te gusta.
Y entonces vuelve a hacérselo.
Empiezan las sacudidas. Es la primera vez que lo sueña así. Alguien pronuncia su nombre: «Catherine… Catherine… Despierta». ¿Por qué me llama Catherine? Mi nombre es A
Horst Neuma
– ¡Catherine, maldita sea! ¡Despierta! ¡Estamos en apuros!
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Condado de Lincoln (Inglaterra)
Eras las tres de la madrugada cuando el Lysander atravesó la espesa capa de nubes y aterrizó rebotando sobre la pista de la pequeña base que tenía la RAF en las inmediaciones de la ciudad de Grimsby. Era la primera vez que Alfred Vicary viajaba en avión ycomprobó que era una experiencia que no deseaba repetir en un futuro inmediato. El mal tiempo no cesó de agitar el aparato durante todo el vuelo desde Londres, y cuando rodaban por la pista hacia el pequeño pabellón de operaciones Vicary nunca, en toda suvida, se había alegrado tanto de ver un lugar.
El piloto cortó el encendido de los motores mientras un miembro de la tripulación abría la puerta de la cabina. Vicary, Harry Dalton, Clive Roach y Peter Jordan saltaron rápidamente a tierra. Dos hombres los esperaban: un joven oficial de la RAF, de hombros cuadrados, y un sujeto voluminoso, picado de viruelas, de gabardina desastrada.
El oficial de la RAF les ofreció la mano e hizo las presentaciones.
– Jefe de escuadrilla Edmund Hughes. Aquí, el comisario jefe Roger Lockwood, de la policía del condado de Lincoln. Entremos en el pabellón de operaciones. Es rústico, pero está seco, y hemos preparado un puesto de mando provisional para ustedes.
Entraron. El oficial de la RAF se excusó:
– Me temo que no es tan confortable como su despacho de Londres.
– Se sorprendería si lo viése -repuso Vicary. Era un cuarto pequeño con una ventana que daba el campo de aviación. Clavado con chinchetas en la pared había un mapa a gran escala del condado de Lincoln y, frente a él, una mesa con dos teléfonos destartalados-. Esto servirá a la perfección.
– Tenemos una radio y un teletipo -dijo Hughes-. Hasta podemos procurarnos un poco de té y unos bocadillos de queso. A juzgar por su aspecto, no le vendría mal algo de comer.
– Gracias -dijo Vicary-. Ha sido un día muy largo.
Salió Hughes y el comisario jefe Lockwood se adelantó.
– Hemos apostado hombres en todas las carreteras principales desde aquí al Wash -dijo Lockwood, señalando el mapa con su grueso dedo-. En los pueblos más pequeños hay agentes de policía en bicicleta, por lo que dudo mucho que puedan hacer gran cosa en el caso de que localizaran a los fugitivos. Pero cuando éstos se acerquen a la costa se encontrarán en dificultades. Hay controles establecidos aquí, aquí, aquí y aquí. Mis mejores hombres, coches patrulla, furgonetas y armas.
– Muy bien. ¿Qué hay de la costa en sí?
– Tengo un hombre en cada muelle y desembarcadero a lo largo del Lincolnshire y el Humber. Si intentan robar una embarcación, lo sabré.
– ¿Qué me dice de las playas abiertas?
– Esa es otra historia. Mis recursos no son ilimitados. Lo mismo que los demás, el ejército se me llevó un montón de buenos muchachos. Conozco estas aguas, yo mismo soy un buen marino aficionado. Y no me haría ninguna gracia hacerme a la mar en una noche como esta a bordo de una barca que se pudiera botar desde una playa.
– Este tiempo puede ser el mejor amigo que tenemos.
– Sí. Otra cosa, comandante Vicary. ¿Es preciso seguir simulando que estos fugitivos tras de los que va no son más que un par de criminales corrientes?
– Realmente, comisario jefe, es preciso.
El cruce de la A 16 y una carretera secundaria estaba justo a la salida de la ciudad de Louth. Neuma
Catherine ya estaba despierta, sobresaltada.
– ¿Qué pasa?
– Fin de trayecto, me temo -dijo Neuma
Catherine cogió su Mauser.
– ¿Quién ha dicho algo de hablar?
Se adelantó uno de los policías, armado con una escopeta, y golpeó con los nudillos en la ventanilla de Neuma
Neuma
– Buenas noches -dijo ¿Cuál es el problema?
– ¿Le importa bajar de la furgoneta, señor?
– La verdad es que sí que me importa. Es tarde, estoy cansado, hace un tiempo infernal y tengo unas ganas tremendas de llegar a donde voy.
– ¿Y a dónde va, señor?
– A Kingston -contestó Neuma
Apareció otro agente junto a la ventanilla de Catherine. Dos más tomaron posiciones detrás de la furgoneta.
El primer, policía abrió la portezuela de Neuma
– Está bien. Levante las manos donde yo pueda verlas y apéese de la furgoneta. Despacito y con cuidado.
Je
Los vio en el asiento delantero. Durante bastante tiempo estuvieron hablando en alemán, en voz baja, hasta que la mujer se quedó dormida. Ahora Neuma
La furgoneta se detuvo. Je
Recordó entonces lo sucedido en el granero. Dos personas se interpusieron en el camino de aquella pareja -su padre y Sean Dogherty- y los habían matado a ambos. Era posible que también hubiesen matado a Mary. No iban a rendirse sólo porque unos policías de pueblo les conminasen a hacerlo. Matarían igualmente a los policías, lo mismo que habían matado a su padre y a Sean.
Je
Tenía que advertir a los policías.
¿Pero cómo?
No podía hablar porque Neuma
Sólo podía hacer una cosa.
Levantó las piernas y procedió a dar patadas al costado de la furgoneta con toda la fuerza que pudo.
Si la acción de Je
El segundo en morir fue el agente que estaba junto a la portezuela de Neuma
Neuma
Catherine salió de la furgoneta, empuñada la Mauser, extendidos los brazos, apuntando a la oscuridad. Al otro lado de la furgoneta, Neuma